miércoles, 19 de junio de 2013

Greta contra la anorgasmia (III)

Greta ya no es anorgásmica. (¡Aplausos!)

Tras publicar el artículo de Mayo, se lo envié a Greta y se puso en contacto conmigo. Me pidió que nos viésemos cuanto antes. Me pidió solamente un masaje relajante, y acabé siendo su paño de lágrimas. Al día siguiente me contó que el masaje y la conversación le habían ayudado mucho y que se sentía mucho mejor.

El 24 de Mayo fue el día que Greta tuvo su primer orgasmo. Nos citamos, como siempre, en su casa, y la había preparado como habitualmente. Esta vez me pidió un masaje especial para combatir su anorgasmia. Empecé relajándola totalmente, como siempre, con sus aceites por la espalda y las piernas. Luego llevé mis manos a sus nalgas e interior de las piernas, para suavemente ir deslizando mis dedos entre sus labios y el interior de su cuerpo. Ella se sentía como siempre, sentía placer, se movía, gozaba, suspiraba, pero no alcanzaba nada más.

Le pedí que se diese la vuelta, y boca arriba, y mediante el masaje le separé las piernas para abrirla como una flor. Seguí estimulando sus labios y su clítoris, inflamado suavemente, y puntualmente masajeaba sus pechos y pezones erectos. Movía sus caderas arriba y abajo, rítmicamente, relajada, con los ojos cerrados, pero sin gran avance. Decidí inmovilizarla: rodeé su cadera fuertemente con un brazo, y ella trataba de resistirse mientras yo seguía con el masaje en su zona genital. Su sexo se inflamó aún más, y su respiración se hizo más fuerte. Fue entonces cuando entendí que Greta se excitaba más cuando la inmobilizaban. La sujeté aún más fuerte y su placer aumentó. Empezó a sentirse incómoda y me pidió que parase.

Hablamos de lo que acababa de ocurrir. Ella no había sentido un placer así antes, pero le expliqué que eso aún no era un orgasmo, que tenía que seguir, sin miedo, y abandonarse al placer. Le sugerí atarle las muñecas a la cama, vendarle los ojos y amordazarla, y accedió.

Tras atarla, comencé a masajearla de nuevo, sujetándola cada vez con más fuerza. Estaba cada vez más excitada, y empezó a gemir de forma ahogada a través de la mordaza. Trataba de moverse rítmicamente, pero no le dejaba, mi mano seguía frotando su sexo y yo aumentaba la intensidad de las caricias cuanto mejor respondía a ellas, hasta que estalló en gemidos y ya no pude sujetarla más. Se corría, y apenas pude seguir estimulándole el clítoris mientras sacudía y estremecía su cuerpo. Acaricié su cuerpo y sus pezones, y cuando bajó el ritmo, y su placer disminuía, coloqué mi boca en su sexo para acabar de relajarla con mi lengua. Cuando terminó reía y lloraba, pero lloraba de alegría. Estaba muy contenta, también avergonzada, y me dio muchas veces las gracias. Acababa de conocerse mejor a sí misma.

Gracias, Greta, por dejarme ayudarte. Gracias por seguir este camino. Y me alegro de que ahora te sientas una mujer plena.

No fue esa la última vez que quedé con Greta, me sigue contactando, pero eso merece otro artículo, tal vez otros artículos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario